Audrey, ¿Por qué razón te amamos tanto?

Pasó más de medio siglo, mas el tiempo se quedó congelado para toda la vida mientras que Novedosa York amanecía gota a gota tras el escaparate de Tiffany. Allí se encontraba , y hoy además, por siempre viva, joven, y despilfarrando estilo. Audrey Hepburn traspasó aquel cristal de la mítica joyería y se transformó en una obra de arte por obra y felicidad de Blake Edwards y de aquel desayuno lleno de diamantes y de encanto. Ahí empezó la historia de leyenda de un icono popular que prosigue más fresco que jamás. Audrey caminó por el celuloide a través de enormes directores. Y de entre los enormes “couturiers” que la transformó en su musa: Hubert de Givenchy.

Se conocieron a lo largo del rodaje de “Sabrina” en 1954, en el momento en que la mujer de Billy Wilder, el director de la película, sugirió que hacía falta ofrecerle al personaje de Audrey -la hija de un chófer que vuelve a casa tras estudiar en París- un toque “francés” y que el perfecto para ello era Balenciaga. Audrey se trasladó a París, y allí Balenciaga le confió la labor de vestirla a un joven diseñador. Más allá de que Givenchy aguardaba hallarse con la “otra” Hepburn, Katherine, y se quedó asombrado frente aquella delgada mujer que iba vestida con una simple camisa y un pantalón pirata, el flechazo entre el sastre y la actriz duraría toda la vida.

Diseño de Givenchy para “Sabrina”

Givenchy diseñó para esta película el popular vestido a la noche blanco y bordado en negro, de configurado corpiño, que destacaba el escote y entre los más acusados aspectos de su fisonomía, adjuntado con sus ojos: un film cuello. Raramente, ahí además comenzó un desencuentro que duró largos años entre Givenchy y la diseñadora de vestuario de la Paramount, Edith Head, quien recibió el Oscar al Mejor Diseño de Vestuario por “Sabrina” (y por este vestido) sin inmutarse y sin nombrar a Givenchy. Y sucede que tenía práctica de agarrar Oscars. Head había trabajado ahora con Audrey creando los diseños que lució en “Vacaciones en Roma”, que le brindaron otro galardón, el cuarto de una carrera que llegó a siete estatuillas, la última por transformar en distinguidos timadores a Paul Newman y Robert Reford en “El golpe”.

En “Vacaciones en Roma” la actriz ahora hacía gala de la clave del estilo que puliría Givenchy: una delicada facilidad que destacaba los puntos fuertes de su anatomía. Su siguiente trabajo no podía determinar mejor a Audrey: “Una cara con ángel”, un musical de Stanley Donen -con música de Gershwin- en el que interpretaba a una intelectual existencialista reconvertida en modelo con Fred Astaire, en el papel de un fotógrafo popular. Los individuos estaban inspirados en la mítica Diana Vreeland y en el no menos recordado Richard Avedon. La película fue, y todavía es, un deleite visual para comprobar la imaginación y el genio de Givenchy. Una genuina pasarela por las calles, plazas y monumentos de París, con una increíble compilación del sastre al servicio de la afinada figura de Hepburn y una explosión de color que queda prendida en la retina. Líneas limpias, refinadas, siguiendo el movimiento del cuerpo. Audrey había conseguido, a esta altura de su trayectoria, ser particular, diferente porque se atrevió –y Hollywood, comprendió que era productivo- romper con la mujer voluptuosa, llena de curvas, exuberante, que había exhibido con insistencia el cine de los años 50 y las “pin-ups”. Era además la imagen de una mujer más sin dependencia, aunque aún faltara una década a fin de que va a llegar lo que se llamó la “liberación femenina”.

Diseño Hubert de Givenchy en “Una cara con ángel”

Givenchy adoraba a Audrey y al reves. supo interpretar su moda como nadie, dentro y fuera de la pantalla. Para su primera boda -con el actor Mel Ferrer, en 1954- la actriz de origen belga escogió un vestido que unos atribuyen a Givenchy y otros a Balmain; un especial traje de organdí blanco muy recatado –la tapaba inclusive su muy largo cuello- guantes largos –muy de la época- y unas flores blancas sobre su pelo cortito, sin velo, por tocado. En su segundo link, con Andrea Dotti en 1969, cambió el blanco por el rosa y en esta ocasión apostó por su diseñador de cabecera con vestido corto y un original tocado: un pañuelo anudado en la barbilla.

Un vestido con historia de leyenda

No fue solo uno el mítico vestido negro de la secuencia que abre “Desayuno con diamantes”. La historia que ha paseo sobre este diseño de Givenchy durante los años, cuenta que fueron tres los vestidos negros que se usaron para el rodaje. El original, de satén y hecho a mano, era un LBD que Givenchy prolongó hasta el suelo y que nuestra actriz escogió de la compilación de ese año del sastre. Tenía una profunda raja que dejaba ver la pierna izquierda de la actriz. Por otro lado, en el momento en que Audrey, en su personaje de Holly, baja del taxi y avanza hacia el escaparate de Tiffany, el vestido no posee esa abertura; y en el momento en que pasea hacia su casa, por la West 57th Street, se puede ver muy bien este aspecto. Inclusive en el próximo chato del largometraje, el vestido hace aparición más corto. Todo hace reflexionar que fue Edith Head la que rediseñó el traje para la secuencia. En verdad, en la subasta de entre los vestidos –con abertura- que sucedió en Christie´s en 2006, además se subastó un boceto del diseño firmado por Edith Head, y su biógrafo asegura que fue la diseñadora de vestuario de la Paramount la que logró las copias que se muestran en la película. Quizá fue la censura, el Código Hays, aún en vigor en 1961, el que forzó a llevar a cabo menos insinuante la falda y cerrar la abertura dela pierna. Este vestido era propiedad del escritor Dominique Lapierre, que lo donó a fin de que fuera subastado con objetivos beneficiosos. Una voz anónima pagó por 600.000 euros.

Diseño de Givenchy para “Desayuno con diamantes”

Tenía que ver con Bernard Arnault, presidente de LVMH, internacional del lujo que hoy es dueña de la firma Givenchy.

Otro de los vestidos fue donado por Hubert de Givenchy al Museo del Traje de La villa de madrid en 2006. Llegó de manera directa desde la vivienda del “coutourier”, en París y está retirado de la exposición hoy día por fundamentos de conservación. El dueño del tercero es el hijo de la actriz y Mel Ferrer, Sean Ferrer. En todo caso, hablamos de una joya de la costura del siglo XX y un vestido que es una marca de identidad de Audrey y del encanto.

El próximo paso de la colaboración entre los dos artistas fue en otra película de Stanley Donen, “Charada”. Otra vez París y otra vez una compilación del profesor de la aguja que piensa la quinta esencia de la distinción en los 60, y que recuerda en varios puntos el estilo de Jackie Kennedy. Abrigos –fundamentalmente uno rojo que creó inclinación, de manga ranglan- y trajes de fáciles líneas con unos sombreros –inolvidable uno de leopardo- que nadie sabía llevar como Audrey, en exactamente la misma época en que comenzaban a llevar a cabo escandalo las minifaldas de la revolucionaria Mary Quant.

Si Edith Head reinaba en la Paramount, Cecil Beaton -un polifacético artista, especialmente como fotógrafo- hacía lo propio en la Warner. En un salto atrás hasta 1912, y la tendencia de la época, Beaton diseñó un increíble vestuario al que Audrey supo ajustarse como un guante en la dificultosa labor de ir ajustada con corpiño y recargados sombreros propios de la “Belle Époque” y transformarse en una dama de la alta sociedad londinense de principios del siglo XX. “My fair lady”, además un musical, le dio a Beaton un Oscar y a Audrey la perseverancia de que era con la capacidad de llevar a cabo suya algún indumentaria,aunque no de cantar. Y sucede que fue doblada ahora que su voz no agradó a los productores del largo, que le escondieron a Audrey su resolución, con el consiguiente disgusto de la actriz.

Diseño de Cecil Beaton para “My fair lady”

Cambio extremista

Donen la dirigió además en “Dos en la carretera” en 1967. Y ahí no estuvo presente Givenchy, sino más bien otros enormes nombres de la tendencia. Desde un look juvenil, donde Audrey lucía ajustados vaqueros, trench, y fáciles camisetas hasta trajes coléricamente sesenteros a través de Courrèges, Mary Quant o bien Paco Rabanne –con un increíble vestido metálico-, minifaldas y complementos muy interesantes, inclusive un traje de pantalón negro de PVC, la actriz se distanció completamente de lo que ahora se conocía como estilo Audrey, hasta en el corte de pelo. Mas resultaba además exquisita.

Diseño de Paco Rabanne para “Dos en la carretera”

rompió moldes en varias cosas. Fue entre las primeras actrices en prestar su imagen para la propaganda de un perfume, algo tan recurrente hoy en día. Es cierto que Givenchy creó para empleo único de la actriz “L´interdit” en 1957. La “nariz” que estuvo detrás fue Francis Fabron, constructor además de “L´Air du Temps” de Nina Ricci.

Cuentan que el sastre, un año tras su creación, lo deseó poner en venta y que otras mujeres disfrutaran de su aroma. Audrey le respondió “Mais c\’est interdit!” (¡está contraindicado!) y de ahí vino el nombre de la fragancia. Al final, lo dejó y posó para la propaganda con la que se lanzó el perfume.

Givenchy creó “L´interdit” para Audrey

No solo fue ropa o bien fragancia lo que inspiró la dueña de un estilo tan personal. En 1953, André Tissot Dupont creó su primer bolso de mano, el “Riviera”, principalmente hecho para Audrey, que era cliente de la firma, con pieles exóticas y un pequeño compartimento misterio para las joyas. S.T. Dupont ha rendido homenaje este año, 2012, a la actriz reeditando y mejorando el mítico “Riviera”.

El inolvidable rostro de Audrey era trabajado por los maquilladores, y de manera especial por Alberto de Rossi –de quien diríase que le abría las pestañitas una a una con un alfiler- balanceando sus aspectos. La utilización del eye liner ascendiente desde el lagrimal, remarcaba la línea de sus cejas, peinadas siempre muy bien y abarcaba su mirada dulce y melancólica, que al unísono que compensaba su angulosa cara. Los tonos eran claros, como su piel y no abusaba de colores fuertes en las sombras de ojos. Todo era natural y equilibrado en , para impulsar esos ojos que traspasaban la pantalla y que hicieron de Audrey entre las mujeres más preciosas, personales y míticas del cine y un icono popular que aún todavía es un líder para millones de fashionistas a nivel mundial. De ahí que, porque continúa en el tiempo y porque aún hoy prosigue tan llena de encanto como hace 60 años, la amamos tanto.

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