Julian Barnes: El sentido de un final

Contar la crónica de nuestra vida necesita memoria. Mas, “¿cuántas ocasiones la amoldamos, la embellecemos, ingresamos taimados cortes? Y cuanto más se extiende la vida, menos personas nos cubren para rebatir nuestro relato, para hacernos acordar que nuestra vida no es nuestra, sino más bien solo la historia que contamos de . Contado a otros, mas más que nada a nosotros”.

La evocación de recuerdos es la esencia de este libro, en el que Toni Webster, su narrador y personaje principal, nos cuenta su historia desde los tiempos del instituto, pasando por la facultad, novias y matrimonio, hasta su sosegada jubilación, con la observación siempre presente de que “lo que terminas recordando no es siempre lo mismo que lo que has presenciado”, sino más bien recuerdos aproximativos que el tiempo desfigura y transforma en seguridad. Un ejercicio de memoria lleno de pequeñas medites filosóficas que ocultan verdades diarias que acostumbran darse por sentado.

Novela – Anagrama, 2012. 186 páginas. 16,90 euros.

“El instituto se encontraba en el centro de Londres y todos y cada uno de los días nos desplazábamos hasta allí desde nuestros distritos diferentes, atravesando un sistema de control tras otro. En aquel momento las cosas eran más fáciles: había menos dinero, no existían aparatos electrónicos, la tiranía de la tendencia era rápida, no había novias”. Es la Inglaterra de los años 60, Toni, Alex y Colin son tres superiores amigos que un día amplían su conjunto íntimo con la llegada de Adrian Finn, un chaval tímido y increíblemente capaz, que los va a marcar para siempre.

Los 4 chicos terminan el instituto prometiéndose amistad eterna y con la predisposición de vivir una vida lo más literaria viable, llena de conmuevas como las que se cuentan en los libros, de amor, sexo, amistad, felicidad, padecimiento Mas “comentan que el tiempo te consigue” y las intrépidas imágenes que uno adelanta de su historia futura (“de este modo sería de más grande. Iría allí, haría esto, descubriría esto otro, amaría a esa mujer y después a y a y a “), se encuentran con la verdad diaria de la vida: “hubo un instante en el final de mis 20 años en que acepté que mi intrepidez hacía tiempo que se había fatigado. Jamás haría las cosas con las que había soñado en la adolescencia. En lugar de eso, segaba el césped, iba de vacaciones, vivía mi vida”.

Julian Barnes (Leicester, 1946), considerado entre las superiores revelaciones de la narrativa inglesa de las últimas décadas, nos muestra aquí una historia que tiene bastante que ver con lo que uno creía que era o bien sería y lo que de todos modos es o bien fue. Una novela reflexiva con la que ganó el premio Man Booker 2011 y que está inspirada en un amigo de niñez que corrió exactamente el mismo destino que Adrian Finn.

Foto: Alan Edwards

Porque Adrian Finn es el hilo conductor y personaje principal involuntario de las medites de Toni Webster. La resolución de Adrian de confrontar a “la única cuestión verdaderamente filosófica” según Camus, va a marcar la mirada retrospectiva de una vida y la va a llenar de melancolia (“conmuevas profundas que jamás volverán”) y de remordimiento (“un sentimiento que es más difícil, agrio y primigenio. Cuya primordial característica es que no posee antídoto”).

“El sentido de un final” es un libro que charla sobre el sentido del final de las cosas: de la amistad, de la juventud, del matrimonio y de la vida. Una reflexión sobre los escollos de la memoria, el correr del tiempo, y por encima de todas las cosas, sobre la desaparición y la compromiso en la concatenación de acciones propias y extrañas.

“Y de este modo es la vida, ¿no? Determinados logros y determinados desengaños”. La vida toma las bridas, pasan los años y acatamos el ritmo impuesto por las pretenciones diarias. Mas un día echamos la visión atrás y rememoramos nuestra historia; nos ofrecemos cuenta de que esa historia es lo que fué y no va a ser de nuevo jamás, un relato conformado por igual por las patrañas de los campeones y los autoengaños de los derrotados, mas primordialmente, por “los recuerdos de los sobrevivientes, varios de los que no son campeones ni vencidos”.

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